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  • Mar. Jun 22nd, 2021

Biden se proclama presidente de EE UU

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El voto moderado y progresista permiten al líder del Partido Demócrata ganar las elecciones por la mínima | Sin el Senado, el escudero de Obama tendrá que elegir candidatos de centro y conjugar las relaciones políticas para poner en marcha un ambicioso programa de gobierno

Tras un agónico recuento, el más largo y ajustado de las últimas dos décadas, y pese a los intentos desesperados de Donald Trump por zancadillear su avance hacia la Casa Blanca, Joe Biden ha logrado alzarse finalmente con un triunfo histórico. El aluvión de votos recibidos por correo, el mayor de todos los tiempos, el respaldo de progresistas, moderados, hispanos y afroamericanos, así como la decisiva apuesta por él en Estados clave como Michigan, Wisconsin o Arizona, que hace cuatro años apoyaron al actual mandatario, han inclinado la balanza en favor del veterano político demócrata, de 77 años, que el próximo 20 de enero se convertirá en el cuadragésimo sexto presidente de Estados Unidos. Será un sueño cumplido, el gran colofón a una carrera de casi medio siglo entregada a la función pública.

Biden ha logrado consumar el fin de la era Trump, que en los últimos días ha arrojado pólvora sobre el sistema democrático del país con acusaciones de fraude electoral al ver cómo sus apoyos desaparecían «mágicamente» mientras avanzada el recuento de los votos por correo. La falta de pruebas de un presidente contra las cuerdas, que pedía con urgencia donativos a sus votantes para lanzar una batalla legal de último recurso, chocó contra el muro de la Justicia, que echó por tierra sus recursos en Estados como Michigan, Nevada o Georgia, si bien en este último las autoridades han anunciado un recuento dado el estrecho margen de votos y en Pensilvania un magistrado ha admitido parcialmente las demandas del mandatario. En cualquier caso, su derrota es ya un hecho y resultaría matemáticamente imposible darle la vuelta al resultado.

El inquilino de la Casa Blanca ha sido testigo de cómo la influencia y el poderío con el que se hacía oír se ha esfumado en los últimos días al resultar evidente su derrota electoral. El golpe más claro y lacerante para su mayúsculo ego lo recibió la noche del jueves, cuando en pleno horario de máxima audiendia, las principales emisoras de televisión de Estados Unidos, como ABC, CBS y NBC, cortaron al unísono su discurso. Incluso se atrevía a desmentir sus palabras la Fox News, la referencia informativa del Partido Republicano y la cadena fetiche que hasta ahora había mostrado un respaldo sin fisuras al todavía mandatario.

La soledad de Trump ha sido igual de notoria en el seno de su partido, con el progresivo alejamiento entre sus propias filas por su postura renuente a conceder la derrota frente a ‘Joe, el dormido’, como bautizó a su rival demócrata. El propio ‘número dos’ en la candidatura republicana, el vicepresidente, Mike Pence, tuvo que desautorizarle en público cuando ya la noche del martes proclamó su victoria y ordenó parar el recuento cuando aún faltaban más de 60 millones de papeletas por ser escrutadas. Su retórica beligerante ha fracturado a un país entero, cuyas heridas se ha comprometido a sanar Biden, que será el mandatario más longevo de la historia estadounidense cuando llegue al poder, con 78 años ya cumplidos.

Un presidente ‘cojo’

Joe Biden puede haber ganado la presidencia, pero ha perdido el alma de EE UU por la que dijo luchar. El purgatorio le espera. Donald Trump ha obtenido seis millones de votos más que en 2016, espejo de un país dividido. El estrechísimo margen por el que se han decidido Estados como Arizona, Nevada, Wisconsin, Michigan, Pensilvania, Carolina del Norte y Georgia, se refleja también en el resultado legislativo por el que su partido ha perdido representación en la Cámara Baja y tampoco ha logrado reconquistar el Senado. En el mejor de los casos el escudero de Barack Obama es un presidente ‘cojo’ al que los republicanos harán la vida imposible.

Su promesa para alcanzar el cielo es convertirse en un nuevo Roosevelt que lance una época de prosperidad económica tras la catástrofe de la Covid-19, aprovechando la crisis para modernizar el país. Su plan es contratar a 100.000 rastreadores para controlar la epidemia y facilitar pruebas masivas que permitan detectar a los asintomáticos, aunque para eso no tiene fondos ni mandato. Necesitará la colaboración de los Estados y una partida presupuestaria con la que quiere pagar también un plus de peligrosidad a los trabajadores esenciales, además de subvencionar el costo de la vacuna para que salga gratis a todos los ciudadanos.

Eso se sumaría al plan de inversión de 400.000 millones de dólares a lo largo de cuatro años para comprar bienes y servicios estadounidenses, y también otros 300.000 millones de dólares para impulsar la investigación de alternativas energéticas limpias. Sería la mayor inversión pública en EE UU desde la Segunda Guerra Mundial y todo un contraste ideológico con la prosperidad económica de la que ha disfrutado el país durante la era Trump.

El magnate inmobiliario impulsó un recorte de impuestos de 1,5 millones de dólares a lo Reagan que favoreció fundamentalmente a las grandes empresas, al reducir su tasa impositiva al 21%, y además a los tramos más altos. El más bajo no experimentó ningún cambio. Con ello los republicanos redoblaban en su devoción por el gran capital, convencidos de que la bonanza económica se repartiría de arriba abajo en toda la sociedad. Biden, sin embargo, cree en el poder del Estado para impulsar la inversiones de forma más equitativa, convencido de que la bonanza de la era Trump era por la herencia de Obama. Según Moody’s Analytics, las propuestas de Biden podrían crear 18,6 millones de puestos de trabajo, mientras que las de Trump hubieran resultado en 11,2 millones de nuevos empleos.

Antes de la pandemia EE UU tenía una de las tasas de desempleo más bajas desde la Segunda Guerra Mundial, con un 3,8% en febrero pasado, pero pasó al 16% en mayo y para septiembre había ya 31,5 millones de parados. A la hora de votar, los estadounidenses que han elegido a Trump han comparado la situación económica que han vivido estos últimos años con la incertidumbre de un presidente que ha sido capaz de sacrificar su propia campaña para respetar la distancia social. Durante esa campaña, el polémico mandatario les convenció de que un Gobierno de Biden supondrá otro confinamiento. Ahora el nuevo presidente tendrá que demostrar que tiene fórmulas mejores para combatir la pandemia sin sacrificar la economía.

Por el contrario, los que estaban más preocupados por su salud, justo en un momento en el que el país ha superado los más de 100.000 contagios diarios, han apostado por un presidente que cree en la ciencia y promete escuchar a los científicos al instaurar políticas. Su propuesta es fortalecer la Ley de Reforma Sanitaria Asequible de Obama que Trump ha desmantelado, aunque sin una mayoría en el Senado no puede más que recuperarla poco a poco con órdenes ejecutivas.

Asistencia sanitaria

Si bien el candidato demócrata se ha opuesto frontalmente a la propuesta progresista de su rival Bernie Sanders, que buscaba expandir a toda la población el programa de seguro médico público para jubilados llamado Medicare, Biden apoya reducir de 65 a 60 años la edad para ampliar el acceso al mismo. Y como Trump, propone negociar desde el Gobierno federal el precio de los medicamentos con las grandes farmacéuticas para hacerlos más asequibles, así como invertir 125.000 millones de dólares a lo largo de diez años en tratamientos para la adicción a drogas en lugar de castigarla penalmente.

A su vez, el ala progresista de su partido tratará de exigirle compromisos sociales, mientras que la mayoría conservadora del Senado le obligará a quedarse en el centro, sobre todo para elegir a miembros de su gabinete y candidatos judiciales, que necesitan ratificación de la Cámara Alta. Se espera que una de las víctimas de ese chantaje sea Susan Rice, la embajadora de Obama en Naciones Unidas y ex consejera de Seguridad Nacional a la que los republicanos culpan del humillante ataque al consulado estadounidense en Benghazi (Libia).

El demócrata hallaría consuelo en la buena acogida que le darían los líderes mundiales al restaurar el antiguo orden

Biden planea contrarrestar esa presión eligiendo a republicanos de la órbita anti Trump que tienen credibilidad entre los conservadores moderados, como el ex senador de Arizona Jeff Flake o el ex gobernador de Ohio John Kasick. Las relaciones que trabó en el Senado los 36 años en que mantuvo el asiento por Delaware serán su principal activo para navegar el mar tormentoso que será su Gobierno en los próximos dos años, al menos hasta las elecciones legislativas de 2022 que renovará un tercio del Senado.

Encontrará consuelo en la acogida que le darán los líderes mundiales de los aliados tradicionales, aliviados con la vuelta al orden establecido. Frente al ‘America First’ populista y nacionalista de Trump, Biden es un multilateralista versado en política internacional que presidió el Comité de Relaciones Exteriores del Senado durante siete años.

Como prueba de esa vuelta al raciocinio y a las buenas relaciones, ha prometido que EE UU solicitará la vuelta a los acuerdos de París justo a los 77 días de llegar a la Casa Blanca, el primer día permitido para ello por plazos legales tras su salida formalizada el miércoles. Esa marcha de facto ocurrió mientras el país contenía el aliento ante la falta de resultados. Una muestra más del contraste que espera a Estados Unidos y al mundo con esta presidencia.

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